¿Pensar y creer son incompatibles?

    Muchas personas creen que la fe y la razón no son compatibles, y esta creencia no depende de ser creyente o no. Los no creyentes que sostienen esta idea, consciente o inconscientemente, usan este argumento para ridiculizar la fe cristiana. Asumen que los creyentes son personas ignorantes que no usan su mente para evaluar lo que creen. Bajo esta perspectiva, concluyen que, si los creyentes pensaran y vieran la realidad, dejarían de serlo.

    Curiosamente, algunos creyentes también aceptan esta premisa. Consideran que creer en Dios significa no hacer muchas preguntas, no dudar, y cualquier indicio en esa dirección se ve como una amenaza. Increíblemente, algunos piensan que la ignorancia es una virtud que los acerca más a Dios.

    Es evidente que Dios nos recibe tal como somos. No nos valora por cuánto pensamos o dejamos de pensar, ni por cuánto sabemos o ignoramos. Sin embargo, esto no quita que todos somos hijos de Dios, creados a su imagen, y que debemos procurar crecer en todas las esferas de nuestra vida.


Reflexionando en algunos conceptos

    Muchos conceptos se malinterpretan. Algunos creen que la fe es ciega, que la conversión es un hecho puramente misterioso y que la guía divina es un juego de señales sin reflexión.


    La fe

    La fe bíblica tiene una lógica que la sustenta. Confiar en Dios es razonable porque, al conocerlo, notamos que es confiable. Aunque no tengamos todos los pormenores resueltos frente a una situación, podemos tener seguridad en Aquel en quien confiamos y en lo que expresa en su Palabra.

    Un ejemplo bíblico donde Jesús invita a creer a partir de la reflexión se encuentra en Mt. 6:26, que dice: "Mirad las aves del cielo, que no siembran, ni siegan, ni recogen en graneros; y vuestro Padre celestial las alimenta. ¿No valéis vosotros mucho más que ellas?"

    El verbo "mirar" y la pregunta "¿No valéis vosotros mucho más que ellas?" evidencian que Jesús apela a nuestra capacidad de observación y reflexión, ambas acciones propias del razonamiento. Creer requiere pensar, meditar, reflexionar. Una fe así es más sólida.

    En este sentido, Martyn Lloyd-Jones comenta: 

“La Biblia está llena de lógica, y nunca debemos pensar en la fe como algo puramente místico. No nos limitemos a estar sentados en un sillón esperando que nos sucedan cosas maravillosas. Esto no es fe cristiana. La fe cristiana es esencialmente pensar. Contemplar las aves del cielo, pensar acerca de ellas y sacar conclusiones. Contemplar las hierbas del campo, contemplar los lirios del valle, para meditar en ellos” (2008, Sermón Poca fe).


    La conversión

    Otro aspecto de la vida cristiana que se reduce a un misterio es la conversión. Es cierto que es un misterio, pero hay aspectos de este proceso que se pueden entender. El Espíritu Santo obra como el viento (Jn. 3:8), es decir, tiene sus propios métodos y acciones. A pesar de eso, hay coherencia entre la obra del Espíritu Santo y la Palabra de Dios.

    El Espíritu Santo actúa en coherencia con las Escrituras, influyendo en la mente del creyente. Puede que no entendamos el proceso, pero sí la influencia del mensaje. Los cambios en nuestra vida comienzan en nuestra mente.

    Pablo evidencia este vínculo entre "conversión", "doctrina" y "obediencia de corazón" para referirse al cambio que ocurrió en los romanos, y lo expresa así: "Pero gracias a Dios, que, aunque erais esclavos del pecado, habéis obedecido de corazón a aquella forma de doctrina a la cual fuisteis entregados; y libertados del pecado, vinisteis a ser siervos de la justicia" (Rom. 6:17-18).

    La expresión "obediencia de corazón" revela que hay un mensaje que se sigue. La obra del cambio de vida ocurre en nuestra mente.


    La guía divina

    Otro aspecto importante es el uso de nuestra mente en la guía divina. Preguntas como "¿Cuál es la voluntad de Dios?" y "¿Cómo debo actuar frente a una situación?" nos conducen a buscar métodos para actuar. El problema es que, en muchos casos, esos métodos son irreflexivos.

    Hace un tiempo, me contaron la historia de una joven creyente. Ante los intentos de un joven por cortejarla, ella había respondido negativamente varias veces. El joven no era cristiano, aunque había comenzado a asistir a la iglesia, aunque de manera no frecuente. Un día, la joven oró diciendo: "Si el sábado por la mañana llueve y, al ir al templo, encuentro al muchacho, lo aceptaré como mi novio". Llegado el sábado, eso ocurrió. La historia no terminó ahí, pues esto llevó al matrimonio y, tristemente, tiempo después, al divorcio. ¿Será que esta fue la voluntad de Dios? ¿Dios se equivocó? ¿Qué pasó?

    Muchos creyentes conducen su vida de esta manera. Algunos argumentan que su modelo es la historia de Gedeón, en la que él pone a prueba a Dios (Jue. 6:36-40). En primer lugar, esta prueba de Gedeón es más una confirmación de algo que Dios ya le había dicho antes, es decir, no fue la única cosa que determinó su decisión. En segundo lugar, este no es un caso generalizado en la Biblia. No todo lo que se presenta en la Biblia son normas a seguir, sino casos específicos que nos pueden dar lecciones, pero no basamos nuestra fe en una parte de la Escritura, sino en el conjunto de lo que ella nos enseña.

    No dudo de este ejemplo bíblico, ni de que Dios, en su soberanía y voluntad, pueda usar esos métodos. El punto es creer que esa es la forma y la vía normal en que Dios actúa. En el fondo, pareciera que algunos toman este camino más como un recurso para no pensar y confiar en lo que Dios dice en su Palabra.

    El salmista, en relación a la guía divina, dice: "Te haré entender, y te enseñaré el camino en que debes andar; sobre ti fijaré mis ojos. No seáis como el caballo, o como el mulo, sin entendimiento, que han de ser sujetados con cabestro y con freno, porque si no, no se acercan a ti" (Sal. 32:8-9).

    Evidentemente, Dios quiere guiarnos apelando a nuestro entendimiento. Siempre digo que Dios habla bastante; solo hay que mirar todo lo que inspiró para que se escribiera, y nos daremos cuenta de eso. Ante alguna situación, estamos llamados a reflexionar en la Escritura y, a partir de ella, actuar.

    Como dice Stott: 

"Tenemos entendimiento, que los animales no tienen. Por consiguiente, Dios nos guiará al conocimiento de su voluntad particular por medio del empleo de nuestro propio entendimiento, alumbrado por la Escritura, la oración y el consejo de los hermanos y amigos" (2004, p. 53).

    Nuestra mente está involucrada en diferentes esferas de nuestra experiencia humana, y no podemos ignorarla o descuidarla. El uso de nuestra mente tiene que ver con nuestra semejanza a la imagen de Dios en nosotros (Gn. 1:27) 

"...la obra de la redención (desde que el ser humano cayó) debía restaurar en el hombre la imagen de su Hacedor, devolverlo a la perfección con que había sido creado, promover el desarrollo del cuerpo, la mente y el alma, a fin de que se llevara a cabo el propósito divino de su creación. Este es el objetivo de la educación, el gran propósito de la vida" (White, 2021a, pp. 15-16).


Ejemplos del desarrollo de la mente

    Si nos fijamos en Jesús, notaremos que tenemos un gran ejemplo del uso de sus facultades y su desarrollo mientras estuvo en este mundo, tal como lo resume Lucas: "Y Jesús crecía en sabiduría, en estatura y en gracia para con Dios y los hombres" (Lc. 2:52). "Crecer en sabiduría" tiene que ver con el desarrollo de la mente.

    Otro ejemplo muy interesante es John Wyclif, a quien Elena de White describe de la siguiente manera:

"...fue uno de los mayores reformadores. Por la amplitud de su inteligencia, la claridad de su pensamiento, su firmeza para sostener la verdad y su intrepidez para defenderla, fueron pocos los que le igualaron entre los que se levantaron tras él. Caracterizaban al primero de los reformadores su pureza de vida, su actividad incansable en el estudio y el trabajo, su integridad intachable, su fidelidad en el ministerio y sus nobles sentimientos, que eran los mismos que se notaron en Cristo Jesús. Y esto, no obstante, la oscuridad intelectual y la corrupción moral de la época en que vivió" (White, 2021b, pp. 100-101).

    Creer en Dios, aceptar a Dios y dejarse guiar por Él son solo algunas de las muchas esferas en las que necesitamos su guía, y esto implica no renunciar a pensar. Dios nos invita a ejercitar nuestra mente en todos los aspectos de nuestra vida cristiana.


Referencia 

Lloyd-Jones, M. Sermón Poca fe. En El Sermón del Monte. http://www.iglesiareformada.com/LloydJones_SDM_1.html
Stott, J. (2004), Creer es también pensar. Certeza
White, E. (2021b), Conflicto de los Siglos. ACES
White, E. (2021a), La Educación. ACES

No hay comentarios:

Con la tecnología de Blogger.